PREVISIONES PARA LA INSTRUMENTACIÓN DE LA EVALUACIÓN EN EL AULA.
Hablar desde
el enfoque formativo de la evaluación y procurando delinear sus rasgos
metodológicos que deberían operarse en un entorno real o específico, existen
indicadores que deben ser tomados muy en cuenta entre los que figuran según
Picaroni (2009)[1]
y Frade Rubio (2009): las necesidades de
los alumnos, las características contextuales y los diversos tipos de
evaluación a ser llevados a la práctica (autoevaluación, coevaluación,
heteroevaluación; etc.). Por lo que como es de todos bien sabido existe una imperante necesidad de revolucionar el
concepto.
Concepto
en el que se destaca la exploración del desempeño como parte fundamental del
enfoque por competencias, que conlleva la puesta en práctica de múltiples
instrumentos, el tratamiento de la información recabada, y a partir de esta
última la emisión de un juicio, pero sobre todo impulsándose hacia la
autoregulación perpetua en los educandos para mejorar día a día, exigiendo
tener bien en claro tres momentos sustanciales:
1.-Que los estudiantes comprendan
por qué se les evalúa.
2.- Comunicación efectiva de los
resultados.
3.- Uso efectivo de los
insumos de la evaluación hacia el fortalecimiento de la toma de decisiones.
Destacándose
de estos tres procesos la comunicación de los resultados (punto 2), donde se
encuentran tres procesos subordinados a la vez hasta hoy demasiados
desequilibrados como son el de valoración, orientación y devolución, siendo
este último una necesidad el de permitir que el educando logre entender sus
deficiencias, las supere y autodomine
hacia una mejora continua, partiendo de los tropiezos o errores en los
diferentes momentos del proceso de construcción de aprendizajes es decir;
encaminarlo a la metaevaluación según algunos autores.
Del mismo modo
en un rol dinámico que debe caracterizar la evaluación, es tomar en cuenta el
fortalecimiento de las habilidades micrológicas y las macrológicas, siendo
éstas últimas las de orden superior no solo hacia el pensamiento complejo sino
hacia la interdisciplinariedad de lo
aprendido. Que debe partir desde el enfoque que define una línea base de
actuación, procurando asumir un equilibrio entre el enfoque cualitativo y cuantitativo.
La evaluación
por consiguiente, orientada al desempeño según Frade (2009) exhorta además a
tomar en cuenta cuatro pilares para guiar el proceso, del que destaca la
evaluación implícita centrada en observar la Zona de desarrollo Próximo del
estudiante (ZDP), en qué medida puede el alumno con las tareas propuestas, qué
es lo que hace en realidad y cuál es su potencial para desarrollarlo mediante
una intervención eficaz y efectiva, siendo entre pares más que de manera
externa o manipulativa la que dará magníficos resultados.
Dentro de lo
que obedece al alcance de los instrumentos, independientemente de su variación o
multiplicidad que exige dicho enfoque llámese listas de cotejo, portafolios,
rúbricas, lista de valoración, anecdotarios, diario de campo y demás; estos más
que ser mecanismos de verificación deben orientar a un proceso de
interiorización reflexiva.
De ahí que se
diga que más que recopilar evidencias será necesario impulsar el autocontrol y
la autorregulación del sujeto mediante el análisis de estos productos. Es
decir; cuando se analizan se provee un mecanismo de regulación externo, por lo
tanto, la acción evaluatoria se da desde afuera hacia dentro del sujeto. Esto
es que el producto fue elaborado de adentro hacia afuera del sujeto, es su
producción, partió de su ser y de su conciencia hacia la realidad externa que
lo circunda; por lo tanto es un proceso de exteriorización reflexiva.
Finalmente
dentro de este mismo marco sea con tendencias autoregulativas, auto formativas,
cumpliendo un proceso holístico e integral, la evaluación en este nuevo
paradigma no deberá olvidar siempre
abonar al lado humano, capacitando a todos los individuos a que puedan consumar
capacidades innatas de aprendizaje para enrolarse no solamente activa sino
integralmente en proyectos éticos de vida, capaces de ir en constante dinamismo
hacia la búsqueda incansable de la autorrealización como personas o como
profesionistas siendo a la vez consientes de sus fortalezas y sus debilidades.
En ese mismo
tenor de ideas compartiendo el punto de vista de Neús Sanmartí sobre la
evaluación (2007), en su texto “10 ideas clave Evaluar para aprender” se
destacan también algunas ideas insoslayables como son:
a) De la
evaluación depende tanto qué, como el qué y el cómo se aprende.
b) La
evaluación es para lograr la regulación tanto de las dificultades y errores del
alumnado, como del proceso de enseñanza.
c) En la
evaluación el error siempre será útil.
d) Lo más
importante es aprender a autorregularse.
e) En el aula
todos nos autoregulamos
f) La
evaluación solo calificadora no motiva.
En
consecuencia hablar de evaluación en este nuevo marco de reforma es abogar por
una nueva percepción, instrumentar una nueva metodología fincada en principios
que permitan no solo canalizar prácticas diferenciadoras sino incluyentes,
humanistas, que permitan que el desempeño sea factible entre lo que se desea y
lo que se cosecha, aunado a estándares internacionales nada exentos de
polémicas o resistencias por la
normatividad impuesta pero que en el compromiso por formar verdaderamente
alumnos en pleno siglo XXI, se haga a pesar de todas las adversidades el mayor
esfuerzo.
En conclusión: Las prácticas arraigadas en el proceso evaluativo
que aun prevalece en la escuela hacen ver las discrepancias e inconsistencias
que existen en la realidad al contrastar los matices teóricos de múltiples
investigadores, que para patentizar el nuevo rol protagónico en el quehacer
docente frente al proceso evaluativo exige no solo una nueva revitalización del
proceso, sino una verdadera convicción de cambio hacia una nueva
instrumentación de la evaluación por competencias en el aula, que se aleja de
toda rutina apegada al desempeño y una metodología definida para priorizar una
postura cualitativa en pos de una autorregulación efectiva y fincada en el
aprendizaje por encima de la enseñanza, permite con esas salvedades que el docente y el alumno sea dos agentes de mejora
continua o permanente.
Vladimir
Alexander De la Rosa Tun. UPN. 072. 09/06/2012.

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